Valentina – Parte 2/2

Los chicos la miraron con una mezcla de decepción y desconcierto. Esperaban aullidos, sangre, gritos de terror o algo parecido. En lugar de eso, tenían a esa chiquilla insolente, que portaba su sonrisa ausente de miedo tan poco acorde con la situación.  

─ ¿No has encontrado al fantasma? ─se atrevió la más pequeña de los muchachos.  

Valentina sonrió, negando con la cabeza. Y con una energía que parecía renovada dejó los ladrillos en el suelo, agarrando el pico para atacar un muro que había a su derecha.  

─ ¿Quieres tirar el muro tú sola? ─escupió otro de ellos, recuperando una cierta arrogancia─. Tardarías mil años. El fantasma te habrá dejado salir por lástima. 

Valentina siguió como si no lo hubiera escuchado. Sus ojos estaban fijos en la base del edificio, justo donde el cemento ilegal mordía la arena. Tras varias embestidas, dejó caer el pico, cansada y se sentó en el suelo, mirando a sus alucinados espectadores.   

─Escuchad ─dijo en voz baja con el poco resuello que le quedaba. 

Ya no se oía el ruido característico de la herramienta golpeando, sino algo mucho más profundo. Un repiqueteo que parecía filtrarse desde el interior del esqueleto de hormigón.  

─ ¡Silencio! ─ordenó Valentina, dejando mudos a los presentes. 

Después, hizo una seña para que se acercaran a su posición. Los chicos, aún algo atenazados, la siguieron, encendiendo las linternas de sus móviles. Valentina se levantó e hizo un ademán con el brazo que invitaba a que la siguieran.  

─No lo voy a derribar yo sola ─dijo Valentina con una calma insultante mientras caminaba entre las paredes de hormigón crudo, las vigas expuestas y los charcos de agua de lluvia estancada.  

Los guio hacia la esquina noreste, donde el edificio se hundía directamente en la duna ilegal. Allí, el cemento se encontraba con la arena que el viento había metido a empujones durante años.  

─ ¡Enfocad ahí! señaló Valentina, hacia un rincón oscuro de la planta baja, donde algo se movía.   

La luz reveló algo asombroso. Era un chorlitejo patinegro que, ajeno al drama de ese lugar, buscaba un refugio entre los escombros que ella acababa de liberar. Todos miraron expectantes el descubrimiento. El ave les observaba también, asustado, desde su pequeño rincón protegido por el viendo, sobre el nido improvisado con restos de conchas y pequeñas piedras.  

─ ¿Ese es el fantasma? ─cuestionó de nuevo la más pequeña.  

─Es el causante de los ruidos. Creo que la gente se inventa respuestas a las preguntas que no sabe responder.  

─ ¿Ese bicho tan pequeño? ─se burló el más alto de todos.  

─Él nos va a ayudar a arreglar este estropicio ─susurró Valentina, mientras observaba cómo un pequeño polluelo asomaba su cabeza bajo el ala del chorlitejo─. Solo tenemos que dejarlo tranquilo.  

Los muchachos rieron ante la ocurrencia.  

─ ¿Y cómo lo va a hacer?  

Valentina abrió los brazos y los extendió hacia los lados de su cuerpo, como si ese simple gesto explicara todos los misterios que uno pudiera plantearse sobre ese lugar. Frente a ella, el mar, en la distancia, era un testigo poderoso. Los chicos se dieron la vuelta y observaron. Desde esa posición privilegiada era mucho más evidente: La masa de agua les miraba imponente, cargada de furia, viento y sal ejerciendo un trabajo que se filtraba por la duna y los cimientos del esqueleto a medio construir, como si reclamara un espacio que siempre le perteneció. Eso abría grietas en el hormigón mal fraguado, lo que daba pie a que la duna, poco a poco, se fuera apoderando de la ruina. De repente, el mar y la masa de arena sobre la que estaban ya no parecían meros espectadores que se resignaban a acariciar con su fuerza mecánica y su salitre las ruinas de la construcción. Su poder para atacar el edificio no era algo evidente, pero sí muy eficaz. 

Desde esa perspectiva, el hotel abandonado, ese monumento a la corrupción y la fealdad, se había convertido en un acantilado artificial, una fortaleza que protegía a los pájaros de los turistas de la playa y el resto de molestias de la civilización. 

Un nuevo ruido les sacó del asombro. Valentina se movió hacia su izquierda, buscando detrás de una de las columnas vencidas. Al asomarse emergió otro nido improvisado en el desastre arquitectónico, con varias crías y huevos. Los chicos, curiosos, corrieron a observar a los polluelos, los enfocaron desde cierta distancia, con el cuidado justo para no dañar.  

Entonces Valentina terminó de entenderlo. Su intención de destruir el edificio era tan prepotente como la de aquellos que lo construyeron. Ella quería borrar el rastro humano por justicia, sin tener en cuenta que la naturaleza, si la dejaban, podía hacerlo a su manera: reciclando el error, convirtiendo el hormigón en pequeños refugios de vida.  

La lección golpeó a Valentina con más fuerza que sus propias preguntas, doliendo y liberando al mismo tiempo. Comprendió que los adultos a los que había cuestionado ─su madre cansada, su profesor sin ilusión─ eran como ese hotel: estructuras rígidas, oxidadas por el miedo, intentando sostenerse sobre una base de mentiras de arena. Entendió que todas esas preguntas que lanzaba a los adultos buscando respuestas eran, en el fondo, intentos de controlar un mundo que ya estaba roto. Pero la vida no esperaba a que los profesores recuperaran la ilusión o a que sus padres dejaran de mentirse; la vida se abría camino en el centro mismo de la herida, sin pedir permiso ni dar explicaciones. 

─Me preguntaba por qué nadie respondía a mis preguntas ─dijo Valentina, con los ojos tintineantes de emoción─. Y ahora lo sé.  

Miró el esqueleto de cemento una última vez. Ya no veía un monstruo, sino una cáscara vacía condenada a desaparecer; si los humanos no interveníamos de nuevo.  

─Vámonos ─dijo a sus compañeros, que la siguieron en un silencio sepulcral.  

Esa noche, Valentina no hizo ninguna pregunta antes de dormir. Por primera vez, no necesitaba entender el mundo; le bastaba con ser más compresiva con los demás y con saber que, tarde o temprano, la naturaleza ─la de la tierra y la del alma─ siempre encuentra la manera de volver a respirar.   

 

 

Imagen de Víctor Herrero
Víctor Herrero
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